lunes, 1 de junio de 2009

2ºCOMENTARIO

Entre 1945 y 1970, el cuarto de siglo que presencio el ascenso y el florecimiento de la Escuela de Nueva York, tres generaciones de pintores y escultores, el florecimiento de la escuela de Nueva York, despojaron a Europa de su centralismo. Expresionistas abstractos (Pollock, De Kooning, Rothko,etc), pintores más jóvenes de los que se decía que dependería la pintura como arte superior (Noland, Olitski, Frankenthaler y Louis) y hombres y mujeres más jóvenes de principio de los setenta (Johns y Rauschenberg, Oldenburg, Warhol, Stella, Serra, etc.). Seria una tontería proclamar que el periodo de 1945-1970 en N. York pudiera rivalizar con los años 1870-1914 en Paris. En Australia nuestra respuesta se manifestaba en forma de suspiro, ya que la mayor parte de los doscientos años de historia de la Australia blanca, la experiencia colonial ha calado muy hondo en nosotros, y producido un reflejo conocido como el encogimiento cultural (que carece de un valor conocido en tanto no sea juzgada por personas ajenas a la propia sociedad).Ha habido buenos pintores en Australia pero los australianos tendemos a tener miedo a proclamar nuestras propias cualidades, por el temor de parecer torpes, y ser considerados provincianos.Treinta años atrás, el expresionismo abstracto era un estilo mundial obligado. En Australia lo mirábamos con temor y reverencia ya que la botella en la que llegaban sus mensajes era la revista ARTnews (su tono hagiográfico era evidente). Eran tan concluyentes que reprimían cualquier oposición estética. Llegaban los ejemplares de Artnews, y nosotros lo diseccionábamos, y cortábamos las reproducciones en blanco y negro para clavarlas en las paredes del estudio.Y dado que es difícil para los jóvenes tendíamos a asumir la postura de que nuestra propia falta de preparación, o simple estupidez, era el impedimento que nos hacia imposible ver la divinidad agazapada dentro de la cremallera de Newman…A mediados de los sesenta Europa y America se resignaron a una situación imperialista y la periferia suspira por la seguridad del centro. Las imágenes modernas tienden a la normalización desde el centro hacia fuera. La diferencia actual radica en que en vez de un imperialismo de lugar tenemos el imperialismo del mercado, que opera internacionalmente.
II La década de los 80 puede estar oficialmente muerta, pero no esta lista aun para ser enterrada. Son pocas las personas fuera de los Estados Unidos que todavía creen en el imperio de Nueva York, pero la cuestión no reside en si N. York ha sido reemplazada como centro por alguna otra ciudad. Se trata más bien de que la idea de un único centro de arte esta a punto de desaparecer. El declive de N. York es solo el preludio de este futuro. Cuando los americanos en los cincuenta y sesenta proclamaron ansiosos que su arte había sobrepasado al europeo, su propia vehemencia era un fenómeno pasajero y la idea de que Europa estaba culturalmente agotada era un ingrediente importante de la autoestima americana. Pero el “siglo americano” cuya llegada se proclamo con tanta euforia, después de 1945 ha llegado a su fin, no casualmente sino por analogía, con la extraordinaria decadencia de la vida publica americana. Pero también ha sido causada por una perdida de talento en la pintura y la escultura, vinculada ella misma a un declive general en los niveles educacionales.La idea vigente en los cincuenta y sesenta de la hegemonía del arte americano surgió del convencimiento narcisista de que la gente de todo el mundo aspiraba a la condición de americano, y de que, por lo tanto, los temas estéticos presentes en el horizonte neoyorquino podían ser transferidos a cualquier parte.El ultimo fin-de-siecle, el periodo entre 1885 y 1905, fue saludado por las clases medias de Europa occidental y América como un tiempo de esperanza fuera de lo común, a pesar de que sus esperanzas no eran las mismas que hoy tenemos nosotros.Durante casi un cuarto de siglo, la enseñanza del arte moderno no ha dejado de sucumbir cada vez más a la ficción de que los valores académicos son contrarios a la creatividad. Gracias a la aburrida obsesión americana por los terapeutas, sus clases de arte durante las décadas de los sesenta y setenta tendieron a convertirse en parvularios, cuyo objetivo no era tanto transmitir las difíciles habilidades de la pintura y la escultura, sino la de producir personalidades realizadas. Otros factores contribuyeron a la decadencia de la tradición de las bellas artes en las escuelas americanas en los sesenta y setenta. Uno fue la anexión de la enseñanza artística a las universidades, lo que significo que la teoría se puso por encima de la práctica y la realización. Esto se unió de una manera dañina, a la dependencia de la reproducción de obras de arte en lugar de contacto directo con los originales.Las diapositivas y las reproducciones han reducido, y para algunos incluso acabado, con la noción de unicidad. En una diapositiva o reproducción, ninguna obra de arte aparece en su tamaño real o con sus cualidades vitales de textura y color así como el movimiento de la mano registrado en el trazo.
III Hace cien años, la pintura y la escultura eran todavía formas sociales dominantes: continuaban suministrando, en una medida totalmente perdida para nosotros, los códigos visuales por los que se podía interpretar el mundo. Debido a que los medios audiovisuales de masas apenas existían en el mundo de nuestros abuelos y bisabuelos, la pintura y la escultura tenían un mayor peso. El poder de la televisión va más allá de cualquier cosa que las bellas artes hayan deseado o conseguido jamás. Las redes de televisión americana vacían al mundo de significados. Tiende a abortar la imaginación por medio de no dejarles a los niños que imaginar, un mundo de estereotipos, demasiado autoritarios como para que la imaginación pueda desarrollarse o cambiar.Lejos de brindar a los artistas una inspiración continuada, las fuentes de los medios de comunicación de masas se han convertido para el arte en un callejón sin salida. Se han combinado para producir una cultura artística volcada hacia la información y no hacia la experiencia. El arte visual estático y artesanal no puede dar una respuesta a los grandes medios, o siquiera pretender desenmascararlos de una forma eficaz.Es probable que el único artista americano de esa generación que alcanzo a introducir un verdadero toque de sentimiento en un trabajo basado en los medios fuera Cindy Sherman, al representar su desfile de caricatura de engendros, pesadillas y cosas grotescas ante la cámara.Hoy no hay ni un gran artista que trabaje en Nueva York, su capacidad para inspirar un buen arte nuevo y protegerlo de una manera sana, se ha reducido en gran medida. Las presiones económicas en el mercado inmobiliario privan a los artistas jóvenes de locales, viéndose obligados a buscar nuevos espacios por la periferia y tomar el tren para ir a ver las exposiciones. Nueva York ha seguido adelante como una inmensa bolsa donde se comercia todo tipo de arte a precios cada vez mayores. Su centralismo actual se basa en el mercado y este no tiene nada que ver con la actividad cultural. Tanto es así que no existe en los Estados Unidos una institución cultural que no esté vinculada al mercado. El mercado del arte de hoy está dirigido casi completamente por especuladores financieros, víctimas de la moda y ricos ignorantes. El conocimiento no es más que una traba a su progreso. El objetivo del mercado es borrar todos los valores que puedan impedir que cualquier cosa se convierta en una obra maestra.
IV En los ochenta se ha generado en Nueva York más riqueza en papel que en cualquier otra ciudad y época en la historia de la humanidad. Transformaron el mundo del arte en industria del arte, con beneficios inmensos y ninguna norma. ¿Cuál es el valor de un cuadro? Un punto por debajo de lo que alguien pagaría por el. Hemos llegado a dar por sentado que el arte debe tener unos precios de locura. A pesar de que el arte siempre ha sido un lujo pierde su valor inherente y su uso social cuando solo es considerado como tal, colapsando los matices del significado y la experiencia visual bajo el peso brutal del precio. Distorsiona las bases de la reacción de la gente ante las obras, desgraciada confusión entre precio y valor. Una cultura destrozada por su propia comercialización, un desastre para la vida pública del arte.
V No hay duda de que los ochenta mostraron como el miedo a la contracción podía llevar las instituciones a disminuir el criterio conservacionista en la lucha por el apoyo de las corporaciones y para atraer audiencias. La participación del museo en el mundo del arte como un sistema de promoción reduce su independencia del gusto; le hace escoger el reflejo de “lo que ocurre” por miedo a parecer obsoleto.La economía moral del mundo artístico americano ha estado tan distorsionada por la desaforada y prematura carrera de los ochenta, que un artista serio en N. York debe enfrentarse con la misma sensación de irrealidad e ingravidez que un actor serio en Los Ángeles. La idea del “ultimo grito” es igual de fatua, la reliquia fosilizada de una creencia en el “progreso” artístico que nadie, en este agitado y sin rumbo final del siglo XX, defenderá con su propio nombre.

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